En la cima del Torre. Año 1993.

“En la montaña he tenido un montón de sentimientos y emociones que la mayoría de la gente no llegará a conocer en toda su vida”. Sebastián Álvaro.

La dopamina y sus efectos salieron a colación en la entrevista que hice a Sebastián Álvaro sobre su pasión por explorar paisajes nuevos. El famoso montañero y periodista había leído que, en ciertas cantidades, ese neurotransmisor determina algunos comportamientos vinculados a la sed de aventura y de riesgo, y que tal vez eso explica en parte por qué él siente la necesidad de llegar hasta donde muy pocos han llegado.

Picada por la curiosidad, investigué un poco sobre lo que me dijo y di con un artículo sobre el amor en el que Helen Fisher, profesora de Antropología en la Universidad Rutgers de Nueva York, asegura que toda aquella persona que produce mucha dopamina en su cerebro tiene, efectivamente, una personalidad exploradora, curiosa y energética, tres adjetivos que cuadran perfectamente con Sebastián Álvaro.

Así que, sin pruebas sobre qué cantidad de ese preciso neurotransmisor destila Sebastián, pero convencida de que la suficiente, me lo imaginé de niño. Concretamente, cuando lo llevaron por primera vez a la montaña. Y lo supuse totalmente asombrado, fascinado por lo que tenía ante sus ojos y, probablemente, generando en su cerebro una buena dosis de dopamina.

Filmando en el Karakorum en 1986

Sebastián Álvaro filmando en el Karakórum, en 1986.

Y, efectivamente, cuando ahora vuelve la vista atrás, se encuentra con que, con dopamina o sin ella, lo cierto es que ha almacenado ya más de 30 años de aventuras. Años que le recorren la espalda haciéndole cosquillas, recordándole muchos momentos de felicidad, y haciéndole experimentar de nuevo algunos de los flechazos que le hicieron levitar y que supusieron para él un antes y un después.

La primera vez que fui al Karakórum me di cuenta de que aquellas eran, realmente, las montañas más hermosas que podía conocer. Así que me dediqué a esto y, literalmente, me cambió. Dio sentido a mi vida y logré hacer de mi pasión mi profesión”, recuerda el que fue durante 27 años director de Al filo de lo imposible, uno de los programas más exitosos de la televisión española.

La trayectoria de Sebastián Álvaro está marcada por sensaciones y emociones como esa, pero también por experiencias al límite que, lejos de amedrentarle, le han hecho renovar votos. Su elección de una vida apasionada, con su cara y su revés, con sus alegrías y sus dramas, fue impelida desde el principio por su innata curiosidad; por saber qué hay detrás del horizonte y, luego, poder contarlo.

“He pasado toda mi vida queriendo ir a lugares donde muy poca gente ha estado y llegar a sitios donde nunca nadie ha ido. Y eso creo que tiene que ver con un impulso básico del ser humano por la exploración. Somos una especie exploratoria”, dice.

Reconstrucción de las expediciones de antaño en el Everest. Sebastián Álvaro, el primero desde la derecha, sentado. Año 2000.

Reconstrucción de las expediciones de antaño en el Everest. Sebastián Álvaro, el primero desde la derecha, sentado. Año 2000.

Sebastián Álvaro en la cima del Uweynat, año 2005.

Sebastián Álvaro en la cima del Uweynat, año 2005.

 

 

 

 

 

 

 

Pero la felicidad que Sebastián toca con cada expedición que organiza no se limita únicamente a los paisajes que descubre, las cimas que alcanza, o los países que visita, sino que se extiende también a las personas que ha conocido -“un montón de buena gente”- y con las que ha vivido situaciones que, inevitablemente, hacen surgir lo bueno y lo malo de cada uno.

“Puedes estar un año al lado de un compañero de trabajo y no llegar a conocerle nunca. Sin embargo, en una expedición, a la semana ya sabes cómo es una persona. Sabes, por ejemplo, si es cobarde, si es valiente, si puedes contar con ella, si te puede acompañar literalmente al fin del mundo o, por el contrario, no te atarías a ella a una cuerda si, como me ocurrió a mi, caes en una grieta y necesitas compañeros que se queden contigo para sacarte”, afirma.

En el Monte Scott. Año 2006.

En el Monte Scott. Año 2006.

En el balance, Sebastián Álvaro concluye que es un hombre afortunado. Su pasión por la montaña le ha dado muchas e intensas satisfacciones que, como las emociones más grandes de la vida, son difíciles de explicar si no se experimentan. Tal vez por eso, y porque alcanzar la cima tiene sus luces y sus sombras, el aventurero prefiere ceñirse a una verdad universal que, sin embargo, no todos practican:  “Generalmente, los momentos felices que tenemos son pequeñitos y duran poco. Pero es la búsqueda de esos momentos lo que merece la pena porque son los que dan sentido a una vida”.

 

 

 

 

 

 

 

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