Copia de Marcha Baltoro, Pakistán, julio 2007 (313)

Sebastián Álvaro en la marcha Baltoro, Pakistán, Julio 2007.

 

“Aunque hay miedos pequeños y miedos grandes, los referentes a la montaña son miedos grandes que tienen que ver con la supervivencia. Que tienen que ver con el vivir o morir”. Sebastián Álvaro.

Engullido por una grieta en el collado de Gasherbrum La y retenido en sus entrañas bajo las condiciones innegociables de la zona himaláyica del Karakorum. Justo allí, en ese frío rincón del mundo y en esa precisa situación en la que nada se podía hacer sin ayuda, a Sebastián Álvaro se le apareció el miedo. En realidad, no le sorprendió su presencia. Ni siquiera podía decir que su compañía le importunara demasiado. Sin embargo, eso no significaba que tuviera ganas de confraternizar con él. Porque si algo sabe bien Sebastián es que, si al miedo se le da cancha, acaba transformándose en pánico. Y el pánico, una vez instalado, puede acabar con uno en un abrir y cerrar de ojos.

Así que, con esta premisa muy presente, el famoso expedicionario hizo lo único que podía hacer: mantener su cabeza ocupada. Para ello, se concentró en ayudar a sus compañeros, que en medio de una tormenta y en un estado físico nada óptimo para un rescate de esas características, apostaban todas sus fuerzas y ánimo por sacarlo de allí. Lo lograron dos horas después. Y el miedo, vencido, quedó allá abajo, agazapado en la oscuridad, pero seguro de que un día u otro volverían a verse las caras.

Monte Wandell, 2006.

Sebastián Álvaro en el Monte Wandell, Antártida, 2006.

Y así fue. El miedo reapareció en la vida de Sebastián varias veces más. Entre ellas, en medio de un alud en el Monte Cook, Nueva Zelanda, en el que quedaron sepultados dos compañeros del expedicionario y él mismo se vio inmovilizado al quedar atrapada su cuerda por la avalancha. Y también se le apareció en pleno desprendimiento de una roca volcánica en la Isla Guadalupe, donde uno de sus amigos resultó muerto y otra compañera gravemente herida. “Estuvimos a punto de morir los siete que íbamos, solo por cinco minutos no nos pilló a todos”, explica.

Pero, al contrario que en el Monte Cook, donde no pudo hacer otra cosa que esperar a que lo socorrieran, en la Isla de Guadalupe sí tuvo la oportunidad de ignorar al miedo centrando su mente en organizar el rescate y mantener con vida a la compañera durante las 16 horas que tardó en llegar el helicóptero. Para ello envió a dos personas de su equipo a dar la voz de alarma, ya que donde estaban no había cobertura, y tras retirar el cadáver de la vista de la herida se centraron en animarla y atender sus necesidades.“Poder hacer esto por tu gente, que es también la gente que al mismo tiempo tanto te han dado, me hace reconciliarme. Tienes que estar a la altura de lo que la gente está de ti”, asegura Sebastián.

Con más de 30 años de experiencia en la montaña y más de 200 expediciones, Sebastián Álvaro sabe muy bien cómo mantener el miedo a distancias cómodas, ni tan lejos como para perder la prudencia, ni tan cerca como para perder la valentía. “Para no entrar en pánico lo que tienes que hacer es pensar, reflexionar. Ser capaces de convencer a la cabeza que tenemos cosas que hacer”, afirma.

Sin embargo, también advierte de que llegar a ese grado de control no es fácil. Se requieren valores que no surgen de la nada, sino de un laboreo personal lleno de esfuerzo, talento y sacrificio. En definitiva, “Para vivir no hay manual de instrucciones. Hacemos lo que podemos. Hay cosas de la vida que se aprenden viviendo, como el tema del miedo y la valentía. No vale que nadie te lo explique. Te tienes que haber visto en situaciones duras, en las que has pasado miedo”.

 

 

 

 

 

 

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