Saúl Alonso.

“El mundo de la montaña me ha enseñado a enfrentarme a todo tipo de situaciones, a ser capaz de administrar los retos que se me ponen por delante”. Saúl Alonso.

Pasar el día escalando con una pella de gofio en el bolsillo. Eso era la felicidad para Saúl cuando no había cumplido los 16 años. Y aunque por aquel entonces aún necesitaba el permiso de sus padres para pasar unos días fuera de casa, una vez conseguido, metía algo de ropa en la bolsa de viaje, llamaba a unos amigos y, juntos, abandonaban la ciudad a toda prisa, rumbo a la montaña.

Todavía recuerda lo bien que se sentía al llegar hasta los pies de la pared que querían conquistar, y el cosquilleo que le subía por la espina dorsal al saber que no iba a parar hasta alcanzar la cima, olvidándose incluso de comer. “La cena era la única comida del día que preparábamos. Para el resto del día teníamos una pella de gofio que nos aportaba energía y ya está. Así dedicábamos el máximo tiempo posible a escalar. Y es que, si comíamos, no solo estábamos perdiendo ese rato, sino también el tiempo que reposábamos la comida. Y eso es lo que no queríamos (se ríe)”.

Observándolos ahora, desde una distancia considerable, Saúl puede afirmar sin titubeos que aquellos años de pura escalada le aportaron mucho más de lo que esperaba en un principio. Contribuyeron a apuntalar su vida, a aceptar los desafíos con los ojos de la paciencia, y a conocer a fondo su fuerza. “Tal vez suene un poco filosófico, pero la escalada me dio autosuficiencia, me hizo ver que soy capaz de hacer algo por mi mismo. Me enseñó a tener consciencia de mi mismo en todo momento, de mis seguridades e inseguridades, a crecer como persona”, asegura.

 

salu foto 3

saul foto 1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si tuviera que elegir un momento inolvidable, uno de esos que hinchan el pecho, de los primeros que se le viene a la mente es cuando encadenó una de las vías más complicadas de Valle Tabares (Tenerife). Llevaba ya mucho tiempo observando a los escaladores que más admiraba cómo intentaban una y otra vez conquistar aquella vía, resistiéndoseles en cada ocasión. Hasta que se decidió a probar él. A Saúl solo le bastó cuatro intentos para encadenar la pared. “Primero hice un intento para poner las chapas, y luego otro para conocer mejor la vía, pero nada, no logré hacerla. Así que al día siguiente volví y probé otra vez poniendo los seguros, las chapas… y, finalmente, al segundo intento la encadené. No considero que haya sido la mejor vía que haya encadenado, pero sí fue una que me llenó de orgullo”.

Lograr llegar hasta la cima es para Saúl una sensación de euforia difícil de explicar. En su época de más actividad, cuando encadenaba vías complicadas, suponía para él tal dosis de energía que le hacía querer más y más.  “No es como el que gana un partido de fútbol, no. Es otro rollo. Era una satisfacción enorme por haber logrado vivir una experiencia que estaba persiguiendo desde hacía tiempo. Era desear hacer una vía sin caerme y, cuando la culminaba, sentía, no sé… como una especie de calma. Pero era una calma falsa porque, en realidad, por dentro estaba eufórico y no paraba de decirme: ¡La hice, fui capaz!  Y a las tres horas ya estaba pensando en la próxima vía”.

Dejar una respuesta